Todo se cumplió como el ermitano había dicho.
Las tres estaban enamoradas; las tres eran castísimas é inocentes. Ni siquiera en el punto comprometido de dar el regalado y apretado beso sintieron más que una profunda conmocion toda mística y pura.
Así es que inmediatamente quedaron desencantados los tres mancebos. La China y la Tartaria fueron dichosas bajo el cetro del Príncipe. La Princesa y sus amigas lo fueron más aún casadas con aquellos hombres tan lindos.
El Rey Venturoso abdicó, y se fué á vivir á la corte de su yerno, que estaba en Pekin. El general que mató al Príncipe Tártaro obtuvo todas las condecoraciones de China, el título de primer mandarin y una pension de miles de miles para él y sus herederos.
Se cuenta, por último, que la Princesa Venturosa y el ya Emperador de China vivieron largos y felices años, y tuvieron media docena de chiquillos á cual más hermosos. La lavanderilla y la doncella, con sus respectivos maridos, siguieron siempre gozando del favor de Sus Majestades, y siendo los señores más principales de toda aquella tierra.
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