á muchos templos, al de Júpiter en el Capitolio, de Ceres, de la Libertad, de las Ninfas, y especialmente en el de Saturno. Como eran actas auténticas y obligatorias, necesariamente habían de publicarse.
También lo eran las actas judiciales y las sentencias de los diferentes jueces. A la cabeza llevaban los nombres de los cónsules, como se ve en Ammiano y en San Agustín, que siguiendo la costumbre legal las llama gestas.
Las actas ó diarios militares, acta militaria ó bellica, formaron desde los primeros tiempos una clase especial, cuyos principales documentos, reunidos durante larga serie de guerras con tantos pueblos, tal vez se coleccionaron más adelante en el Tesoro militar que fundó Augusto. Puede creerse que en estos archivos militares, además de los estados de situación, de penas y recompensas, las diferentes clases de licencias, los privilegios concedidos á los veteranos, los itinerarios y mapas, se conservarían también las relaciones que dirigían los generales al Senado, y que, cuando los ejércitos remitían á Roma aquellas cartas laureadas que anunciaban victorias, no dejaban de unirlas en sus actas á las paginas más modestas y sencillas en que constaban su número y sus servicios.
De todo lo dicho resulta que en Roma, desde los primeros siglos de su existencia, se conocía la escritura alfabética: que los primeros romanos que se ocuparon en redactar la historia nacional bajo forma literaria tenían á su disposición muchos y distintos documentos que, comprobándose mutuamente, permitían seguir con exactitud desde los tiempos más lejanos la serie de acontecimientos que habían contribuido al desarrollo