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DAVID COPPERFIELD.

una envidia ridícula á miss Murdstone. Supongo que querriais ser el ama de llaves de la casa, y bien sabeis que si las guarda es por complacerme y con las mejores intenciones.

— ¡Que el diablo cargue con sus buenas intenciones! murmuró Peggoty.

— Ya os comprendo, mala lengua. ¿Cómo no os avergonzais al juzgar así á una persona que os ha repetido con tanta frecuencia que yo soy sumamente aturdida y?...

— Y muy bonita... dijo Peggoty viendo que mi madre vacilaba al pronunciar esta palabra.

— ¡Pues bien! continuó mi madre sonriendo, ¿tengo yo la culpa si ella es lo bastante loca para decirlo y quiere ahorrarme todos los fastidios que se impone á sí misma, yendo á inspeccionar por todas partes, hasta en la carbonera, á donde seguramente no iria si fuese ella?... ¿No es eso abnegacion? ¿Os atreveriais á insinuarlo?

— Yo no insinúo nada.

— Sí, sí, Peggoty, precisamente no haceis otra cosa, continuó mi madre; y sin ir mas lejos, ¿no murmurais tambien de las buenas intenciones de Mr. Murdstone?...

— Jamás he hablado de tal cosa, replicó Peggoty.

— No, Peggoty, lo habeis insinuado segun vuestra costumbre; no podeis negar que mil veces habeis interpretado desfavorablemente los motivos que le hacen obrar. ¡No le he justificado mil veces! Pues si parece severo con alguno... no creas que hablo de tí, hijo mio... es por el bien de esa misma persona; sí, únicamente por su bien. Quiere á esa persona á causa mia, y sabe mejor que yo lo que es preciso hacer por él, pues mi cabeza es débil y él es un hombre enérgico, sério, grave. Así, le debo estar reconocida por los disgustos que toma por mí... Cuando no creo ser lo suficientemente agradecida, me lo echo en cara, Peggoty ; entonces me tengo odio y dudo de mi pobre corazon.

Como Peggoty veia que los ojos de mi madre se llenaban de lágrimas, permaneció silenciosa, mirando el fuego, y mi madre, á su vez, viendo que Peggoty se quedaba tan triste, cambió de tono y le dijo :

— Vaya, Peggoty, no nos enfademos; sois mi verdadera amiga. Cuando os digo que sois una criatura sin corazon ó absurda, ó cualquiera otra cosa, no dejo de pensar que sois mi mejor amiga, y que lo habeis sido siempre desde aquella noche en que Mr. Copperfield me trajo aquí por la primera vez y vos salisteis á recibirme á la puerta.

Peggoty no tardó en responder á aquellas cordiales palabras, y ratificó el tratado de paz y amistad haciéndome una caricia. Pensé haber adivinado el verdadero motivo de aquella conversacion. Hoy tengo la seguridad de que la jóven la provocó á propósito, únicamente para que mi madre se consolase con la pequeña conclusion contradictoria que la terminaba. Salióse con ella, pues recuerdo que mi madre pareció enteramente feliz durante el resto de la noche.

Tomamos el té. Quise leer á Peggoty un capítulo del libro de los cocodrilos como recuerdo de otros tiempos... Precisamente lo tenia en su bolsillo, como si allí hubiera estado guardado desde entonces. Luego hablamos de Salem-House, lo cual me dió ocasion para volver á hablar de Steerforth, mi texto favorito. ¡Oh! ¡noche feliz, que fué la última bendita de mi niñez! ¡Jamás se borrará de mi memoria!

Eran cerca de las seis cuando oimos el ruido de un coche que se paró delante de la puerta; todos nos levantamos. Mi madre dijo que era muy tarde, añadiendo que como Mr. y miss Murdstone tenian la idea de que los niños debian acostarse temprano, haria perfectamente en irme á la cama.

Abracé á mi madre y subí inmediatamente á mi cuarto antes de que llegasen á la sala Mr. Murdstone y su hermana.

En la escalera pensé en que con su llegada introducian en el hogar cierta frialdad que helaba de repente todos los recuerdos felices de mi infancia. ¡Ay! ¡mi cuarto iba á ser mi calabozo!

Al dia siguiente me sentí bastante turbado al bajar á almorzar. No habia visto á Mr. Murdstone desde mi memorable atentado.

Sin embargo, preciso era verle. Presentéme, pues, en el salon, no sin pararme dos ó tres veces en el camino y aun haber intentado subir otra vez á mi cuarto de puntillas.

Mr. Murdstone estaba de pié, apoyado en la meseta de la chimenea, mientras que su hermana se ocupaba en hacer el té. Me miró con sequedad y aparentó no conocerme.

Me acerqué á él, despues de vacilar un poco, y le dije :

— Os suplico que me perdoneis; grande es mi disgusto al considerar lo que he hecho.