Página:Dies iræ (1920).djvu/41

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parecía llena de presentimientos y de horrores. Durante toda ella se cernieron sobre la ciudad siniestras pesadillas.

III

Ha sido sorprendido en una tentativa de fuga. Había comprado a unos, engañado a otros y estaba ya a punto de lograr su libertad diabólica, cuando un hijo fiel de la patria le ha reconocido bajo su disfraz de criado. No confiando en su memoria, ha mirado una moneda con la imagen del rey, y sus últimas dudas se han devanecido. ¡Era él!

Las campanas han empezado a tocar a rebato, y una multitud despavorida se ha lanzado a la calle. ¡Era él!

Ahora se halla en la torre, en la enorme torre negra de gruesos muros y ventanas minúsculas, vigilado por fieles hijos del pueblo, inaccesibles al soborno, a la lisonja y a la sugestión. Para distraerse, los guardianes beben, ríen y fuman sus pipas, echando el humo a la cara del rey cuando se pasea con su hijo por la prisión. Para que no pueda comunicarse con la gente que pasa por frente a la torre, las ventanas de abajo están cerradas con gruesas planchas; en lo alto del edificio, por donde se pasea a veces, no se le puede ver tampoco; sólo las nubes que se deslizan por el cielo le pueden mirar desde lo alto.