al fin, vivo y sin vida, recobró su libertad con la caída del conde—duque de Olivares, acaecida el 23 de enero de 1643, si bien es de advertir que entonces, como ahora, las desgracias en su caminar asemejábanse al relámpago, y las gracias a la tortuga, por lo que Quevedo conservó puestos sus grillos hasta el 7 de junio siguiente.
Volvió a Madrid, más bien que para reanudar su vida activa en la política, para tratar de que los libreros le publicaran lo que había escrito y ordenado durante su prisión. Obtuvo amplias licencias y censuras; pero los mercaderes rechazaron displicentes lo que sus nietos habían de buscar ávidos.
Permaneció en Madrid cerca de año y medio triste y desolado, porque la muerte o la fortuna habían desperdigado a casi todos sus amigos, y porque en el rey en sus nuevos favoritos sólo encontró desdenes.
Enfermo del cuerpo y del espíritu abandonó Quevedo su pueblo natal para buscar salud en la campiña; llegó, como él decía, "más difunto que vivo, doliéndole