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Página:Dolores - Federico Balart.pdf/14

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durará lo que dure mi triste vida; dolor que, lento y sordo, pero tremendo, corazón y memoria me va royendo, desde la triste noche que, enajenado, a la luz de unos cirios pasé a tu lado.

Seis meses han corrido desde aquel día: ¿Quién ya de ti se acuerda, Dolores mía! Tu imagen se ha borrado como una sombra: nadie por ti pregunta, ¡nadie te nombra! ¿Qué resta de tu vida, pobre Dolores? ¿Qué de la dulce historia de mis amores? ¡Una pena que oculto como un misterio, y un nombre en una losa de un cementerio! Ya entre tu amor y el mío se eleva un muro. Todo en mi vida es triste, todo es oscuro. Tu voz, tu voz amada, de dulce acento, ya en mis tristes congojas no me da aliento; tus ojos amorosos ya no me miran ni tus labios de rosa por mí suspiran; y aquellos brazos bellos que me estrechaban, y aquellas pobres manos que me halagaban, del nicho en el oscuro recinto estrecho ya inmóviles se cruzan sobre tu pecho. De mis dichas, ¿qué resta para memoria? ¡Tu despojo en la tumba; tu alma en la gloria! ¿En la gloria!-¿Quién sabe lo que está escrito! ¿Quién penetra el secreto del Infinito!

Dios, que escuchas mi llanto, que ves mi duelo, ¡Llévame con mi esposa, llévame al cielo! ¡Junta nuestras dos almas, y redimidas, en éxtasis eterno vivan unidas! Perdona si te ofenden mis pensamientos; perdona si te irrito con mis lamentos; perdona si, en la fuerza de mi amargura, la exaltación del alma raya en locura. Yo no sé lo que pienso ni lo que digo; pero yo te venero, yo te bendigo. Yo escucharé obediente tu voz airada; yo besaré la mano que me anonada; pero, si es que ignorantes tal vez caímos, si es ésta ¡oh Dios! la pena que merecimos,