aunque por tu edad ignoras lo duro de estas batallas, me ves silencioso y callas; me sientes llorar, y lloras;
y entonces, de una pasión a otra pasión arrastrado, por dos fuerzas desgarrado se me parte el corazón.
Temblando, el llanto reprimo; en mi congoja sombría, miento frases de alegría y el labio en tu frente imprimo;
que aunque mi aflicción es tanta y es tan acerbo mi mal, no han de ser ellos dogal de tu inocente garganta.
Procurando tu ventura, el voto debo cumplir de la triste que al morir te encomendó a mi ternura.
Crece, sí, mi dulce amor; nada perturbe tu calma, que aun no tienes, niño el alma templada para el dolor;
ni puede querer tu mal la que, previendo mi duelo, me dejó para consuelo tu sonrisa angelical.
Vida de bien tan avara presta a tu infantil belleza una sombra de tristeza que más hermoso te para;
mas ¡ay! me aterra pensar que mi constante amargura
puede aumentar tu hermos