al contemplarme y al verme débil, apocado, inerme contra la suerte fatal, por no conocerme tal no quisiera conocerme.
Desde que mi bien perdí con lucha implacable y muda la certidumbre y la duda batallando están en mí:
ni creo lo que creí, ni niego lo que negué; y, examinando el por qué de cuanto temo y deseo, todas las sendas tanteo y en ninguna siento el pie.
¡Feliz, feliz el creyente que espera, firme y entero, en un Dios justo y severo o en un Dios dulce y clemente! Mas ¡ay de aquel que impaciente sondea la eternidad, y, en vaga perplejidad, jamas el ánimo inclina ni a la justicia divina ni a la divina bondad!
Para el que no osa creer, es la eternidad baldía un interminable día sin mañana y sin ayer; noche fue su amanecer, y en su horizonte sombrío, negro recorre el vacío un sol que, entre opacas nieblas, rayos lanza de tinieblas y ondas esparce de frío.
Pero aquél que, en su impiedad, A la negación se aferra, Del ánimo al fin destierra