De llorar mi desventura, ciego al fin me quedaré: ¿para qué quiero los ojos si tu rostro no han de ver?
26 de Junio de 1882
EL SAUCE Y EL CIPRES
(CARLOS CANO, EN LA MUERTE DE SU HIJO)
Llevo tanta amargura dentro del alma, que de mí en vano esperas consuelo y calma; y, aunque a llorar contigo tu cuita vengo, mal puedo darte, Carlos, lo que no tengo. Cuando de luto un pecho la muerte llena, lo que dura la vida dura la pena.
Recibe resignado la que hoy te aflige: los hombres la merecen; Dios las elige, por más que nos amarguen, todas son buenas: ¡a ser de nuestro gusto, no fueran penas!
Yo, que llevo la mía muda en mi pecho, todo consuelo humano de mí desecho. Aceptándola humilde sin resistencia, las horas le consagro de mi existencia; y no diera este amargo dolor profundo por todos los placeres que ofrece el mundo.
Cuando vierte la tarde sombra y misterio, penetro en el recinto del cementerio.