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Página:Dos novelas del Miño - bvpb487889.pdf/106

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Guillermo, con las lágrimas en los ojos, cogió la mano del viejo, besóla, inclinóse sobre su pecho y dijo sollozando: —Voy a confesárselo todo, padre...

Refirió todos los sucesos ocurridos en aquel día, desde la ida del canónigo a casa de Joaquín Pereira hasta la esquela que había enviado a Teresa de Jesús. El padre le oyó, y murmuró con la voz serena, pero con el corazón traspasado: —No te maldigo; para desgracia tuya, será bastante el odio del mundo. Debías haberme dicho a mí lo que has dicho al padre Norberto. Te ha aconsejado mal poique su juventud fué mala, y no pagó el mal que hizo. Debías haber consultado a aquellos que cayeron en los baches de los cami— nos deshonrosos Hubieras consultado a tu padre, que hasta los veinticinco años disipó la salud y los bienes; que de ahí en adelante hizo penitencia en el trabajo y en la pobreza; a los cuarenta merecí que Dios me diese a tu madre, y cuando ella me dejó contigo en los brazos, le pedí que te dejase a ti su buen corazón. No llores ahora, que nada remedias. Pide a Dios valor para cuando te veas en grandes trabajos.

Descansó un poco, y prosiguió: —No te estaría mal escribir a esa imprudente joven, pidiéndole que no huya de su casa. Si eres capaz de hacerlo, eres hombre de bien. Si ella te odiase por eso, encontrarás compensación en tu conciencia. ¿Puedes hacer esto?

Sí puedo, padre—dijo Guillermo valerosamente.