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Página:Dos novelas del Miño - bvpb487889.pdf/148

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amasen hasta el delirio. Teresa se aburría al lado del marido, abría la boca, hacía una cruz; pero no evitaba con este símbolo cristiano que el demonio del tedio le entrase en el espíritu. No conocían a nadie con intimidad. Guillermo esquivaba las visitas que le obligasen a levantar mano de sus ocupaciones. Esta soledad mejoró algún tanto con la ida de Luis Nogueira para casa de su hijo. El viejo entretenía a su nuera jugando a la brisca, e iba de paseo con ella los domingos. Como deseaba trabajar, pidió a su hijo que le dejase abrir una platería. Guillermo le dió abundantes recursos para un vasto establecimiento, y se ocupó en modelar y cincelar la vajilla, con lo cual prosperó mucho la fama del platero portugués. Mientras tanto, el meditabundo, el poeta, bajaba raramente del Olimpo del arte para contemplar los primores naturales de su esposa. Los celos nunca rozaron con su ala negra los cándidos vuelos del genio.

Volaba muy alto, y si posaba aquí abajo, en el regazo de Teresa, la cabeza febril, era como el cóndor que baja a la falda de los Andes sólo cuando una necesidad orgánica le fuerza a descender en busca de la presafué Hacia 1825 murió Luis Nogueira.

Guillermo quería mucho a su padre. La muerte pentina, cuando los dos estaban acordándose de su tierra natal, con la nostalgia de los desterrados. Luis Nogueira había dicho: