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Página:Dos novelas del Miño - bvpb487889.pdf/17

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veintisiete años, acostado ahí como un viejo!

¡Arriba!

—Estate quieta, Juana; mira que me haces viento!

Ella le tiró del pie derecho, que pasaba del volumen de tres pies, y él, con el otro, despedido al acaso, le sacó del bajo vientre un ruido timpánico de odre lleno.

Maldita sea!—gritó ella, retrocediendo con las manos puestas en la parte dolorida. ¡Qué manera de pegar! ¡Vaya unas mañas que tiene!

—¿Te he dado bien, eh?—respondió él risueño, arrebujándose en la felpuda colcha y recostándose en la almohada de algodón, que ocupaba toda la cabecera de la cama.

—Vaya una broma!—dijo fastidiada, en son de queja, la muchacha— ¡Podía usted haberme matado con la coz, si llega a darme aquí, en el corazón!...

Y se ponía la mano en el estómago.

—Eso no es nada, muchacha!... ¡A ver si vas a enfadarte!

No es nada, no!... Como si la tripa no fuese mía...

—Pues con este frío de mil demonios vienes a andarme en la ropa, y me tiras además del pic del juanete que tiene el sabañón abierto...

—Lo hubiese usted dicho...—contestó ella con el semblante dispuesto a la reconciliación. ¡Salte de ahí!... Vaya a bautizar al expósito, que si se