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Página:Dos novelas del Miño - bvpb487889.pdf/170

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caba un esposo amado, en la flor de los años, a los brazos de un ángel, a quien de seguro adoraba.

Estas y otras frases procedentes de Coimbra, donde Antonio das Neves Carneiro había conocido los grandes escultores de la palabra, Castilho y Garrett, sonaban dulcemente, y dulcemente le sacaban del corazón unas lágrimas, con que ella se sentía mejorar, como los pletóricos con la sangría. Llorar es siempre bueno en estos casos; y cuando las lágrimas son provocadas por unos trenos sentimentales, que calman y acarician el dolor de la viuda, hay que contar con que la referida viuda agradece la justicia que le hacen, y se encuentra bien en la presencia de la perso— na que sabe hacerle vibrar las cuerdas más delicadas del sentimiento.

Y Antonio das Neves lo sabía, porque, además de inteligente, estaba enamorado.

¡Aquello sí que era una organización excepcio— nal de hombre! Sus amigos, compañeros de las lides escolares, socios de las alegres cabalgatas, cómplices en la hedionda carnicería del Cartaxinho, pasaban de las mazmorras de la Universidad a los sótanos del "Limoeiro" (1), y de allí al patíbulo. Y él, mientras tanto, hacía el amor públicamente a la hija del alcalde, amaba en secreto a la esposa del platero; quizás tuviese corazón, tiempo y cuajo para andar en amores con una tercera criatura, y aun le sobraba tiempo v espíritu para pensar en las libertades patrias y (1) Nombre de la antigua cárcel de Lisboa.