Zarza sabía que el estudiante había sido uno de los asesinos de los profesores. Los liberales incluían el crimen en la indulgente área de los delitos políticos, y los absolutistas, por amor al médico, padre extremoso de aquel desgraciado, si no le acogían, tampoco le delataban... Así, Antonio María, con la protección del alcalde, podría quizás, excluído Dios de la comedia humana, vivir sosegadamente en España, si la conciencia no le inquietaba.
Teresa de Jesús recibió una carta anónima en español al día siguiente de la marcha de Inés.
Una persona que apenas la conocía—decía la carta—le vaticinaba la muerte de su marido a ma— nos del verdugo, si ella se casaba con él. Y agregaba: "Si usted le ama, como él era amado por otra, haga en beneficio suyo lo que la otra hizo: huya de Zarza a Portugal; no le sacrifique a su amor, porque ese desgraciado, si tiene un enemigo poderoso en España, pasará de sus brazos a los del verdugo." Habríase denunciado el corazón de Inés si le letra, mal disfrazada, no la hubiese denunciado.
Teresa bebió una gran copa de amargura; tuvo presentimientos horrendos, experimentó el dolor que atormenta sin desahogo. Pensó en huír para salvarle. Y tal vez habría huído, si el amor no le pintase delante a la artificiosa Inés, tendiéndole una insidia encubierta en generosidad; pero fuese traición, fuese una renuncia noble en favor de la vida del hombre a quien ambas amaban;