muere sin bautismo, verá qué jaleo se arma en la aldea. Y ya basta con lo que dicen...
—Ponme las medias de lana; pero ten cuidado que no se despegue el emplasto del sabañón.
Y mientras la moza, con diestra afabilidad, le ponía en las piernas velludas las gruesas medias, estirándoselas a lo largo de la tibia, él refunfuñaba: —¿Quién sería la gran sinvergüenza que abandonó al crío?
—Habrá sido alguna forastera...
—Eso me parece también a mí... Aunque no me consta... ¡Y me lo viene a poner en el atrio!...
¡Lástima de estaca!
—Váyase una cosa por otra. Las de aquí también se los llevan a otros pueblos, si a mano vie— ne—dijo Juana.
Y nombró varias ovejas fecundas y asquerosas mientras el pastor se lavaba la cara en el lebrillo de barro que la muchacha le había acercado, con la toalla al hombro.
Al coger la toalla, sacudiendo la cabeza y soplando ruidosamente por la sensación de frío, el cura apretó las carnes del hombro a la moza con ternura felina. Esta caricia confirmó las paces.
Juana abrió hasta las orejas los labios, llenos de risa, y mostróle en los dientes, de brillante esmalte, que su amor infinito había resistido a la prueba de la coz.
La tía Bernabé, afligida porque el niño, de tanto llorar, se ponía verde, llamó otra vez a Juana con insistentes ruegos.