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Página:Dos novelas del Miño - bvpb487889.pdf/188

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al médico que el señor Rojo de Valderas le des pedía de su casa.

El atribulado viejo se valió de algunos de los caballeros más distinguidos del pueblo como intercesores. Nadie se quiso rebajar a pedirle nada al alcalde. Todos aconsejaban al portugués la fuga. Mientras tanto, un noble, hermano del arcediano de Jerez de los Caballeros, residente en Badajoz, le ofreció el apoyo de aquel potentado eclesiástico, en la certeza de que las justicias de aquella ciudad no prenderían al expatriado por respeto a su hermano. A pesar de todo, este protector calificaba de temible al alcalde, y opi— naba que el estudiante andaría más acertado se iba a Madrid a pedir perdón a Inés y a caserse con ella. También el médico era de este parccer; pero el hijo argumentaba de esta ma— nera: —I'óngame usted, padre, a la derecha, a la tal Inés, con un buen dote y la libertad, y a la izquierda, a Teresa, pobre, y al lado de ella el patíbulo, y yo me vuelvo hacia la izquierda.

No se asuste por tan poco—añadía el estudiante, lleno de sinceras esperanzas—. Nos iremos a Francia, y de Francia volveremos pronto con don Pedro. Son habas contadas. ¿Qué me importa a mí el alcalde, el salteador, el bandolero? ¿Querría usted ser abuelo de los nietos de un capitán de ladrones? ¡Pregunte a los jóvenes de Zarza si querría alguno ser marido de la rica heredera de Rojo de Valderas! ¡Nadie! ¡El hombre bus-