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Página:Dos novelas del Miño - bvpb487889.pdf/36

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SEGUNDA PARTE


Veinte años pasan tan de prisa, que yo, en este salto que el lector va a dar, no me cansaré en llenarle de frases el pasadizo. Lo mejor es cerrar los ojos y saltar.

¡Veinte años! ¿Qué son veinte años?

¡Nosotros, éramos todavía muchachos, oh, viejos!

Este "ayer gastó veinte años en resbalar hasta "hoy". ¿Qué ha pasado en este lapso fugitivo de nuestra vida entre la juventud y la vejez? Nada. Tenemos a nuestro lado hijos que son hombres, y nietos que mañana serán hombres; además, parece que, aun ayer, componíamos con un rayo de sol y con el perfume de una rosa la sonrisa de la rubia madre de estos hombres, que hoy está vieja. Aun ayer éramos poetas por el amor, audaces por las aspiraciones, valientes por la mocedad. ¡Qué grandes cosas deben haber pasado en ese instante de veinte años, mientras esperábamos otras que nunca vinieron. Meditando siempre sobre el porvenir, no lo veíamos pasar. Por fin, pasó; y se dejó conocer porque se marchaba pesado, tardío y triste: era la vejez. Llegó de repente: oscureciósenos todo, como si las alegrías resplandeciesen desde el seno de un relámpago. Esta tiniebla fué instan-