bre y apellidos, los periódicos de Oporto habían anunciado la llegada del mayor capitalista de Pellotas, D. Manuel José da Silva Guimares.
Nada de hipocresías con el lector: es Melchor Bernabé, el expósito.
Al tercer día de hospedarse en Famalico, es comendador mortó a caballo, acompañado del lacayo, y marchó en dirección de Santiago de Antas.
Va a ver la iglesia que hicieron los moros...
—pensó otro comendador de la tierra, y así se lo comunicó a otros dos comendadores, atribuyendo a los moros la iglesia de los caballeros de Rodas.
—Eso será afirmó el más correcto. Este hombre es mágico. Guimares, el del hotel, ya le ha preguntado si había nacido en el Miño, y él respondió...
—Que no tenía la seguridad—concluyó el otro.
¡Está chiflado!
—Ayer, en la feria, estaba viendo vender dos yuntas de bueyes para exportar. El que las vendía era Silvestre Ruivo.
—Ya sé, el hermano de aquel Padre Juan, que murió hace tres años de apoplejía.
—Justo. Pues ese chiflado, que no habla con nadie, estuvo de palique con Silvestre acerca de los bueyes; después se lo llevó a la hospedería y le invitó a comer. Silvestre estuvo después conmi-