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Página:Dos novelas del Miño - bvpb487889.pdf/51

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El comendador Guimares había llegado de Braga hacia media noche y había ordenado a su criado que le llamase a las cuatro de la mañana. Superflua recomendación. No durmió. Antes de alborear el día llamó él a los criados y mandó ensillar los caballos.

A las cinco y media de la mañana ya estaba recostado en uno de los sepulcros del atrio de Santa María de Abbade. A corta distancia escarbaban los caballos impacientes en la tierra barrosa de un pelado altozano. El sol brillaba en una de las ventanas de la iglesia. Los pardales piaban en el olivo, en aquel mismo olivo que, treinta y nueve años antes, había ofrecido, en sus raíces encorvadas a flor de tierra, una cuna empapada en la lluvia a aquel hombre que ahora se sentía allí feliz hasta ese extremo en que las palpitaciones de júbilo hieren el corazón como los dardos de la agonía. Las golondrinas cantaban alrededor de la cor— nisa de la iglesia y, revoloteando en amplios círculos, cortaban con notas arrulladoras por entre las ondas ae luz el grande himno que en la tierra se completa con las lágrimas de aquellos que pueden llorarlas de gratitud a la Divina Providencia...

El, Melchor Bernabé, lloraba esas lágrimas benditas contemplando la tierra donde la tejedora pobre se había arrodillado para levantarle helado hasta su pecho y resucitarle con un milagro de caridad.

A las cinco y tres cuartos oyó pasos que sona-