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Página:Dos novelas del Miño - bvpb487889.pdf/61

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cro esmaltado y sus guarniciones de aljófar; admiraba la cruz labrada, que había dado el canó— nigo Méndez, y la custodia cincelada con imáge— nes, dádiva de otro canónigo del siglo XVI.

Una vez, encontró allí a un acaudalado curtidor de pieles que mostraba el tesoro de Nuestra Señora da Oliveira a unos parientes del Alto Miño y explicaba imaginariamente las cosas. Decía que el aguamanil de las bichas doradas era el jarro que había servido en el bautismo de D. Alfonso Enríquez, y que el bordón que la Virgen llevaba en las procesiones había sido enviado por Santa Elena a San Torcuato, obispo de Citania. Guillermo Nogueira, sin contradecir la ilustración arqueológica del curtidor, explicó también la procedencia de los seis candelabros labrados, hechos con la plata de once ángeles encontrados en el botín de los castellanos en Aljubarrota.

Una persona del grupo oía la explicación del platero con la mayor atención. Era Teresa de Jesús, hija del curtidor Joaquín Pereira.

Esta muchacha era hija única, bonita, muy metida en su casa y tenía por director espiritual a un franciscano, tan lleno de buena intención, que prometía, con la ayuda de Dios, hacer de ella una santa.

Y era de esperar. Teresa caminaba para los veinte años, y tenía el corazón inocente de los diez. Veía pasar por la calle de los Hornos, a la caída de la tarde, a algunos muchachos de familias ilustres o acomodadas, con los ojos fijos