Pues si Teresa te quisiese...—interrumpié Joaquin entre grave y risueño, lo que es por mí, la daba y me quedaba tan satisfecho. ¿Cuánto tienes tú? Unos cuarenta mil cruzados...
—Ponle por cima una mitad más.
—¿Sesenta ?
—Seguros.
—Pues ella no tiene tanto... pero...
—Eso es lo que yo no quiero saber, Joaquín.
Dámela tú, que yo no quiero un cuarto tuyo.
—Ex cuanto a eso, hombre,. quieras tú o no quieras, lo que yo tengo, de ella es. Por de pronto, no digas nada. Yo pensaré en el negocio. Las cosas no se pueden hacer de sopetón. Primero, hay que acabar con el beaterio y meter a su madre en este asunto. Después, yo te escribiré diciéndote lo que haya.
Cuando Teresa exclamó: "Jesús!", la madre vió de antemano en la familia disgustos y tal vez infortunios, por causa del casamiento. Evitó informar a la hija, temiendo que se le escapase al convento de las Clarisas, las cuales, por medio del confesor, le pedían que profesase. Como era rica y virtuosa, el convento ganaría moral y materialmente, granjeando para los esponsales divinos una novia tan dotada de las gracias del cielo y del producto líquido de los curtidos. La buena mujer comunicó al marido sus recelos. Estaban conformes en cuanto a la inconveniencia de hablarle otra vez del tío, aunque Joaquín Pereira, acompa-