casos funestos, le decía que había cogido con las manos en la masa a su cabo, conversando en la calle de la Carrapatosa con la doncella de las señoras de Cano. Y enjugaba dos lágrimas en el delantal y se sonaba a la vez en él.
Cuando el amo bajó al almacén, blasfemando, Cayetana entró en el comedor para unir sus llantos a los de la familia. La joven le contó el caso del retrato; la madre ayudaba a la hija, y la criada, sentada en cuclillas entre ambas, ya abría la boca y meneaba la cabeza, ya se santiguaba y po— nía las manos en actitudes aflictivas.
—¿Y el retrato, madre?—preguntaba Teresa—.
No va una a poderlo tener, porque padre es capaz de romperlo.
—Que si es...—continuó la señora Feliciana—.
Bien me cuesta, hija; pero no lo quiero aquí. Es preciso mandarle decir que no lo envíe.
—Yo iré allá—dijo Cayetana.
—¡Pues quién ha de ir si no tú?—dijo el ama vieja. Mañana, cuando vayas a la compra, vas allí de mi parte, y le dices que no mande el retrato de mi hija, porque ha habido aquí jaleo por causa de eso.
—No lo digas así—añadió Teresa—. Lo mejor será decirle que ya sabrá la razón... Me parece mal hablarle del jaleo que ha habido aquí. Guillermo puede suponer que padre es un bruto.
—El es su padre—dijo Cayetana—; pero, señoita, jojalá se le lleven los demonios! ¡Dijo cosas que parecía que estaba mal de la chola!