cía que el amor hacía cosas sublimes y cosas infames. Entre las sublimes incluía aquel retrato, y entre las infames, los casos eróticos de sus colegas. Conocía las cartas de Teresa, y confiaba en las intenciones honradas de su sobrino. El platero no quería que se hablase de la riqueza de su novia; sin embargo, el beneficiado era de parecer que la dote no perjudicaba a las demás cualidades excelentes. El había dicho que, madurados los frutos del amor, esto es, convencidos los enamorados de la solidez de su mutua simpatía, iría él mismo a pedirla a Joaquín Pereira. En vista de la última carta de Teresa, el canónigo, instado por el sobrino, fué a ver al curtidor a la fábrica, le llamó aparte al escritorio y le hizo un preámbulo largo y hondo de más para la capacidad del oyente. Al final, en el momento de entrar en materia, el curtidor, que lo comprendió, interrumpió con brutal cólera: —Vaya, señor canónigo, ¿sabe lo que le digo?
¡Patarata! Adiós, amigo; bastante hemos hablado.
Y le volvía las espaldas.
—¿Qué respuesta es esa, señor Joaquín ?—dijo el prebendado. ¿Qué maneras son esas? ¿Cree usted que está hablando con algún pelagatos?
Mire que yo soy el canónigo Araujo. Conmigo no se juega.
—Ni conmigo!—replicó el curtidor con un ceño democrático, precursor de los grandes aires que hoy día hinchan a los curtidores de Guimares—.
¿Qué quiere usted? Me viene con esa majadería,