Comunica el comisionado Abreu a su Gobierno: que desde Nepeña observó entusiasmo por la causa de la Independencia; que las autoridades de su paso tenían orden de tratarle como si fuera «el mismo general San Martín»; que los prisioneros españoles eran bien tratados, y le encargaron que en su nombre diera las gracias a dicho General; que éste mandó a los señores Arenales y Guido para que le recibieran; que después el General le atendió en Huaura, y que él cumplió por su parte, con el encargo de los prisioneros.
Agrega que, habiéndole invitado a comer el mismo, el día 28 de marzo, le colocó a su derecha, ocupando el general Heres la izquierda. Durante la conversación se observó la mayor cortesía, limitándose los presentes a decir que nunca sería posible tratar sobre otra base que al del reconocimiento de la Independencia; a lo cual se limitó a contestar que, aunque sus instrucciones eran más amplias que las que tuvo el virrey Pezuela, no se extendían hasta tratar sobre esa base.
He aquí ahora textualmente las declaraciones que le hizo el general San Martín en el momento de la despedida:
«Esta tarde, antes de salir para Chancay, me vino a despedir San Martín, y llamándome aparte, me dijo: Que se había propuesto tomar a Lima, circunvalándola, cortando todas las entradas de víveres, sin aventurar acción, y que si era atacado y consideraba oportuno resistir atrincherado en Huaura, los arenales debían ser el desastre en la retirada a Lima. Esto, si no los recibía embarcado y los burlaba acaso con mejor éxito, a que reservaba sus tropas; pues que para las de Lima le bastaba la sublevación de todo el país. Que si la España se empeñaba en continuar la guerra, sería el exterminio del Perú; y entonces, sin considerar en los medios, pondría en ejercicio todos los que tenía a la mano; aunque no era de su política el adoptarlos, a vista de Santo Domingo, de los cuales resultarían males semejantes. Que conocía muy bien la impotencia de la América para erigirse en República independiente, por carecer de virtudes y civilización; y que en estos extremos había convenido con los de su ejército en coronar a un Príncipe español, medio único capaz de ahogar las opiniones de enemistad, reunirse de nuevo las familias y los intereses, y que por honor y obsequio a la Península se harían tratados de comercio con las ventajas que estipulasen; y que, en cuanto a Buenos Aires (aquí hay dos y media líneas en clave, de signos diversos, y encima la traducción que sigue), emplearía sus bayonetas para compelerlos a esta idea si no se prestasen. En ningún sentido entré en su discusión, contentándome con que él estaría hecho cargo de mi raciocinio con Guido y Paroissieu. Nos despe-