dimos y me acompañaron hasta Huacho, Guido y Paroissien, otro Coronel y un Comandante.»
Refiere en seguida que llegó al cuartel del general español Canterac, y exprésase quejoso de la conducta de éste y del modo grosero como le trataron sus ayudantes.
Una vez en Lima estuvo con el virrey. Manifiéstase poco conforme con Canterac, censurando a la vez la conducta del periodista español Rico. Concertadas las nuevas conferencias de Punchauca, da cuenta de ellas y de haberle buscado nuevamente el general San Martín para proponerle lo siguiente: La formación de una Regencia en Lima; la unión de los dos ejércitos, previa declaración de Independencia, y el viaje de él, San Martín, a la Península, a pedir a las Cortes un Infante de España para Rey. Después da cuenta de la entrevista del virrey La Serna con el general San Martín.
Esta comunicación, con la firma autógrafa de don Manuel Abreu, lleva fecha de Lima a 6 de noviembre de 1821 y está dirigida al «Excelentísimo señor Secretario de Estado y de la Gobernación de Ultramar».
Más lejos no podía llevar el general San Martín sus sacrificios en favor de la paz y de la raza. Pero ¿qué acogida favorable encontraron en la Corte? Ninguna.
Cuando en este documento, como en los que le precedieron y siguieron, se ve el nombre espíritu de amor a la paz y deseo de entenderse con la madre patria; cuando se recuerdan las manifestaciones hechas en el mismo sentido en Méjico, Colombia y otro pueblos de América; cuando se observa el modo como contestaba la Corte, desatendiendo los consejos de sus propios comisionados y aun hiriendo profundamente su delicadeza y patriotismo hasta verlos morir en el destierro, como aconteció con el honrado O'Donoju; cuando se asiste a la negativa tenaz de Fernando VII, a la desentendencia de las Cortes y a inconsecuencias como las del Conde de Toreno, tratándose de los derechos de las colonias; cuando se sabe que Inglaterra y Francia no se oponían, contra sus propios intereses, más bien aceptaban que los americanos estipulasen concesiones favorables al comercio y a las industrias de España; cuando se reflexiona en todo esto, se llega a la conclusión de que no ha habido en el mundo hombres más virtuosos ni más dignos de veneración que los fundadores de la Independencia de América, ni causa más justa y noble que la suya.
Estas verdades hay que repetirlas, porque las ignoran muchos extranjeros, tan fáciles para calumniar a los pueblos de América.
Y a la cabeza de esos hombres eminentes la Historia colocará siempre al general San Martín.