Hernando están depositados en grandes estantes murales de caoba y cedro y en escaparates de vidrio y se ha emprendido su estudio en el establecimiento mismo.
A pesar de que el interés principal que me ha traído a esta biblioteca es el examen de los libros de Colón, debo dar algunos apuntes sobre los propios del Cabildo, dentro de los límites de este artículo. Suman éstos 24 o 26,000, entre ellos 940 impresos incunables.
Pero sus mejores joyas consisten en los manuscritos: la Biblia de Pedro de Pamplona, códice que se remonta al siglo xiii en dos tomos con dibujos de estilo oriental; otro códice en pergamino, con 474 folios y preciosas viñetas, llamado el Gran Pontifical, del año 1390; los tres Misales, denominados, respectivamente, del cardenal Hurtado de Mendoza, Hispalense Cartujano y del cardenal González de Mendoza, los tres con dibujos inapreciables y buen pergamino, de los siglos xiv y xv; en fin, un pequeño Libro de horas, que fué del Deán Maestre, con lindas miniaturas del siglo xv.
Anotaciones y autógrafos de Cristóbal Colón
Los papeles pertenecientes al inmortal descubridor del Nuevo Mundo y que logró reunir su hijo don Hernando, han participado del extravío general desde los tiempos de don Luis, por más que queden en la ciudad, que tanto amó el Almirante, algunas preciosas reliquias, como va a ver el lector.
Diré antes que Cristóbal Colón no ponía anotación en sus libros sin hacerla preceder por estas palabras:[1]

Esta invocación piadosa, que rara vez falta, de su puño y letra unas veces y otras de un amanuense, sirve también como señal para conocer sus escritos.
Principiaremos por El Libro de las Profecías. Es la perla de los libros colombinos: un valioso manuscrito de 70 hojas, truncado, pues
- ↑ No mojaba la pluma sin escribir antes estas palabras — dice su hijo don Hernando.