quito de anacrónicas relaciones políticas y sociales. Sufrimos, no sólo de lo vivo, sino también de lo muerto. ¡Le mort saisit le vif!
La estadística social de Alemania y del resto occidental del continente europeo, es miserable, comparada con la inglesa. Aun así, levanta suficientemente el velo para dejar entrever una cabeza de Medusa. Nuestra propia situación nos llenaría de espanto si, como en Inglaterra, nuestros Gobiernos y Parlamentos nombraran periódicamente Comisiones para investigar la situación económica; si esas Comisiones fueran armadas con la misma omnipotencia que en Inglaterra para la investigación de la verdad; si se consiguiera encontrar para ese fin hombres tan expertos, imparciales y francos como los inspectores de fábricas ingleses, los médicos que allí informan sobre la Public Health (salud pública), los comisarios para investigar la explotación de las mujeres y de los niños, las habitaciones, la alimentación, etc. Perseo se cubría con una nube para combatir á los monstruos; nosotros, para negar la existencia de las monstruosidades, nos sumergimos en la nube hasta los ojos y las orejas.
Es preciso no hacerse ilusiones. Así como la guerra de la independencia americana del siglo XVIII dió la campanada de alarma á la clase media europea, la guerra civil americana del siglo XIX la ha dado á la clase trabajadora de Europa. En Inglaterra es palpable el proceso de transformación. Llegado á cierta altura, tiene que repercutir en el continente. Allí se manifestará en formas más ó menos brutales ó humanas, según el grado de desarrollo de la clase trabajadora misma. Prescindiendo de más altos motivos, su propio interés exige, pues, á las clases hoy dominantes la supresión de todos los obstáculos corregibles por la ley que se opongan al desarrollo de la clase trabajadora. Por eso he dado en este tomo tanto lugar, entre otras cosas, á la historia, al texto y á los resultados de la legislación inglesa sobre las fábricas. Una nación debe y puede aprender de otra. Aun cuando una sociedad haya encontrado el camino que por ley natural debe seguir su movimiento—y el objeto final de esta obra es poner al descubierto la ley económica del movimiento de la sociedad moderna—, no puede saltar ni suprimir por decreto las etapas naturales de desarrollo; pero puede acortar y mitigar los dolores del parto.
Una palabra para evitar posibles confusiones. Yo no pinto absolutamente de color de rosa al capitalista ni al propietario de la tierra, pero aquí sólo se trata de las personas en tanto que ellas son la personificación de categorías económicas, los sostenedores de determinadas relaciones é intereses de clase. Concibiendo el desarrollo de la formación económica de la sociedad como un proceso natural, des-