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Página:El Capital (1898).pdf/135

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EL CAPITAL

cuando quiere estudiar el fenómeno en su integridad, supone que la oferta y la demanda se compensan, es decir, que su efecto se anula. Por lo tanto, si con relación al valor de uso ambos cambistas pueden ganar, los dos no pueden ganar en valor de cambio. Por el contrario, es el caso de decir: «Donde hay igualdad no hay ganancia.»[1] Es cierto que pueden venderse mercancías á precios que se separan de sus valores; pero esta separación aparece como un trastorno de la ley del cambio de las mercancías[2]. En su forma pura, este es un cambio de equivalentes, y no es, por lo tanto, un medio de enriquecerse en valor[3].

Las tentativas de presentar la circulación de las mercancías como fuente de supervalía, ocultan, pues, casi siempre, un quid pro quo, una confusión del valor de uso y el valor de cambio. Condillac dice, por ejemplo: «Es falso que en los cambios se dé valor igual por valor igual. Al contrario, cada uno de los contratantes da siempre uno menor por uno mayor..... En efecto; si siempre se cambiase un valor por otro igual, no habría ganancia alguna para ninguno de los contratantes. Ahora bien; los dos ganan, ó al menos deberían ganar. ¿Por qué? El valor de las cosas consiste sólo en su relación con nuestras necesidades. Lo que para el uno es más, para el otro es menos, y viceversa..... No se supone que ofrecemos en venta cosas indispensables para nuestro consumo..... Queremos dar una cosa inútil para nosotros, á fin de adquirir una que nos es necesaria; queremos dar menos por más..... Siempre que cada una de las cosas cambiadas era igual en valor á la misma cantidad de dinero, era natural pensar que en el cambio se da valor igual por valor igual..... Pero hay que tomar en cuenta otra consideración, á saber: si ambos cambiamos una cosa superflua por algo necesario.»[4] Como se ve, no sólo confunde Condillac el valor de uso y el valor de cambio, sino que á una sociedad de desarrollada producción mercantil atribuye, con verdadera puerilidad, un estado en que el productor produce sus propios medios de subsistencia y no echa á la circulación sino lo excede que á sus propias necesidades, lo que le es superfluo[5]. Sin embargo, el

  1. «Donde hay igualdad no hay lucro.» (Galiani, Della Moneta, en Custodi, parte moderna, t. IV, pág. 244.)
  2. «El cambio se hace desventajoso para una de las partes cuando alguna cosa extraña viene á disminuir ó á aumentar el precio: entonces la igualdad es lastimada, pero la lesión procede de esta causa y no del cambio.» (Le Trosne, ob. cit., pág. 904.)
  3. «El cambio es por su naturaleza un contrato de igualdad que se hace de valor por valor igual. No es, pues, un medio de enriquecerse, puesto que se da tanto como se recibe.» (Le Trosne, ob. cit., pág. 903.)
  4. Condillac, Le Commerce et le Gouvernement (1776), ed. Daire, y Molinari, en las Mélanges d'Economie politique, París, 1817, pág. 267.)
  5. Le Trosne responde, por lo tanto, con mucha razón á su amigo Condillac: «En la sociedad formada no hay excedente de ningún género.» Al propio tiempo lo embroma diciéndole que «si ambos cambistas reciben igualmente más por igual-