Al transformar el trabajo productivo los medios de producción en elementos constituyentes de un nuevo producto, el valor de aquéllos pasa por una metempsícosis. Pasa del cuerpo gastado al cuerpo nuevamente formado. Pero esa transmigración de almas se hace en cierto modo sin que lo sepa el trabajo real. El obrero no puede agregar nuevo trabajo, ni crear, por lo tanto, nuevo valor, sin conservar valores ya existentes, pues tiene que agregar siempre el trabajo en una forma útil determinada, y no puede agregarlo en forma útil sino tomando productos como medios de producción de un nuevo producto y transmitiendo así su valor al nuevo producto. Es, pues, una dote natural de la fuerza de trabajo activa, del trabajo viviente, la de conservar valor al agregarlo, dote natural que no cuesta nada al trabajador, pero que importa mucho al capitalista: como que le conserva el valor existente en el capital[1]. Mientras el negocio marcha bien, el capitalista está demasiado absorbido por la acumulación, para ver esa dote gratuíta del trabajo. Violentas interrupciones del proceso de trabajo, las crisis, le hacen percatarse dolorosamente de ella[2].
Lo que se consume de los medios de producción es, en general, su valor de uso, por cuyo consumo el trabajo forma productos. Su valor no es consumido en realidad[3], ni puede, por consiguiente, ser reproducido. Se conserva, pero no porque en el proceso de trabajo se verifique con él mismo alguna operación, sino porque el valor de uso en que originariamente existía desaparece, es cierto, pero no desaparece sino en otro valor de uso. El valor de los medios de produc-
- ↑ «De todos los instrumentos del oficio del cultivador, el trabajo humano..... es aquel con que más puede contar para reembolsar su capital. Los otros dos —los animales de trabajo y los..... carros, arados, azadas, etc.—, sin una porción determinada del primero, no son nada absolutamente.» (Edmund Burke, Thoughts and details on scarcity, originally presented to the Rt. Hon. W. Pitt in the month of November 1795, ed. Londres, 1800, pág. 10.)
- ↑ En The Times del 26 de noviembre de 1862, un fabricante cuya hilandería ocupa 800 obreros y consume semanalmente un término medio de 150 balas de algodón de la India ó, poco más ó menos, 130 balas de americano, se lamenta ante el público de los gastos anuales que le ocasiona la parada de su fábrica. Los aprecia en 6.000 libras esterlinas. Entre esos gastos se encuentran muchos de que no tenemos ahora que ocuparnos, como la renta del terreno, los impuestos, la primas de seguros, los salarios de trabajadores contratados por año, gerente, tenedor de libros, ingeniero, etcétera. Pero, además, calcula él 150 libras esterlinas de carbón para calentar la fábrica de cuando en cuando y poner ocasionalmente en movimiento la máquina de vapor, aparte del salario de los trabajadores empleados á veces para mantener «corriente» la maquinaria. Cuenta, por fin, 1.200 libras esterlinas por deterioro de la maquinaria, pues «el tiempo y el principio natural de deterioro no suspenden sus operaciones porque la máquina de vapor deje de girar». Hace notar expresamente que esta suma de 1.200 libras esterlinas es tan moderada porque la maquinaria se encuentra ya muy gastada.
- ↑ «Consumo productivo: cuando el consumo de un artículo es parte del proceso de producción... En estos casos no hay consumo de valor.» (S. P. Newman, ob. cit., pág. 296.)
y (??) conservación del mismo (¿de cuál?): abstenerse de un placer, por el cual exige intereses, por ejemplo.» (Ob. cit.) Cuán hábil es este «método anatomo-fisiológico» de la Economía política, que de una simple «exigencia» saca ya «valor».