fuerzas individuales de trabajo, medido por su duración, aparece naturalmente aquí como la determinación social de los trabajos mismos, porque las fuerzas individuales de trabajo no funcionan sino como órganos de la fuerza común de trabajo de la familia.
Figurémonos por fin, para variar, una unión de hombres libres, que trabajan con medios de producción comunes y gastan conscientemente sus muchas fuerzas individuales de trabajo como una fuerza social. Todo lo establecido respecto del trabajo de Robinsón se repite aquí, pero socialmente, no individualmente. Todos los productos del trabajo de Robinsón eran productos exclusivamente suyos y, por consiguiente, objetos de uso inmediato para él. El producto total de la unión es un producto social. Una parte de este producto vuelve á servir como medio de producción, y se conserva social; pero otra parte es consumida por los miembros de la unión y, por consiguiente, tiene que ser distribuída entre ellos. El modo de esta distribución variará según la especie del organismo social de producción y el grado correspondiente de desarrollo histórico de los productores. Para la comparación con la producción mercantil, supongamos que la parte que toca á cada productor sea determinada por su tiempo de trabajo. El tiempo de trabajo desempeñaría entonces un papel doble. Su metódica distribución social regula la exacta proporción de las diversas funciones de trabajo á las diversas necesidades. Por otra parte, el tiempo de trabajo sirve como medida de la parte individual del productor en el trabajo común y, así, de la parte que le toca en la porción del producto común destinada al consumo. Las relaciones sociales de los hombres con sus trabajos y sus productos del trabajo quedan aquí simples y transparentes, tanto en la producción como en la distribución.
Para una sociedad de productores de mercancías, cuya relación social general consiste en mirar sus productos como mercancías, es decir, como valores, y relacionar entre sí en esa forma objetiva sus trabajos privados como trabajo humano igual, la más apropiada forma de religión es el Cristianismo, con su culto del hombre abstracto, sobre todo en su desarrollo burgués, el Protestantismo, el Deísmo, etcétera. En los modos de producción del Asia antigua, y antiguos en general, la transformación del producto en mercancía, y así la existencia del hombre como productor de mercancías, desempeña un papel subalterno, que aumenta, sin embargo, en importancia á medida que las comunidades entran en el estadio de su disolución. Pueblos propiamente comerciales sólo existen en los los intersticios del mundo antiguo, como los dioses de Epicuro ó como judíos en los poros de la sociedad polaca. Aquellos viejos organismos sociales de producción son mucho más simples y transparentes que la sociedad