burguesa; pero reposan sobre la falta de madurez del individuo humano, no desprendido todavía del cordón umbilical que le une á otros con lazos naturales de parentesco, ó sobre relaciones inmediatas de dominación y de servidumbre. Su razón de ser está en el bajo grado de desarrollo de la fuerza productiva del trabajo y en las limitadas relaciones de los hombres entre sí y con la Naturaleza, que á ese grado corresponden. Las antiguas religiones son el reflejo ideal de esa estrechez real. En general, la reproducción religiosa del mundo real no puede desaparecer sino cuando las condiciones de la vida práctica presenten día por día á los hombres relaciones racionales y transparentes, de ellos entre sí y con la Naturaleza. La figura de la vida social, es decir, del proceso material de la producción, se despoja de su místico y nebuloso velo sólo cuando, como obra de hombres libres asociados, está bajo su inspección metódica y consciente. Para eso se necesita, sin embargo, una base material de la sociedad ó una serie de condiciones materiales de existencia, que son á su vez el resultado natural de un largo y doloroso desarrollo histórico.
La Economía política ha analizado, es cierto, el valor y la magnitud del valor, aunque incompletamente[1], y ha descubierto el contenido oculto de esas formas. Pero nunca se ha preguntado por qué ese contenido toma esta forma, por qué el trabajo se manifiesta en
- ↑ La insuficiencia del análisis de la magnitud del valor por Ricardo —y es el mejor— se verá en los libros tercero y cuarto de esta obra. Pero en lo que se refiere al valor en general, la Economía política clásica no distingue en ninguna parte expresamente y con clara conciencia el trabajo representado en el valor, del mismo trabajo en tanto que lo representa el valor de uso de su producto. Ella hace, en realidad, la distinción, porque considera al trabajo unas veces cuantitativamente y otras veces cualitativamente. Mas no se le ocurre que la diferencia simplemente cuantitativa de los trabajos supone su unidad ó igualdad cualitativa, es decir, su reducción á trabajo humano abstracto. Ricardo, por ejemplo, se declara de acuerdo con Destutt de Tracy, cuando éste dice: «Puesto que es cierto que nuestras facultades físicas y morales son nuestra sola riqueza original; que el empleo de esas facultades, el trabajo en general, es nuestro solo tesoro primitivo, y que es siempre de ese empleo de donde nacen todas las cosas que llamamos riquezas..... es también cierto que todos esos bienes no hacen más que representar el trabajo que les ha dado origen, y que, si tienen un valor, ó aun dos distintos, ellos no pueden sacar esos valores sino del valor del trabajo de que emanan,» (Ricardo, The principles of Pol. economy, tercera edición, Londres, 1821, pág. 334.) Notemos solamente que Ricardo atribuye á Destutt su propio modo de ver, que es más profundo. Lo que en realidad dice Destutt es, por una parte, que todas las cosas que constituyen la riqueza «representan el trabajo que las ha creado»; pero, por la otra, que ellas toman sus «dos distintos valores» (valor de uso y valor de cambio) del «valor del trabajo». Destutt cae así en la simpleza de la Economía vulgar, que supone el valor de una mercancía (el trabajo en este caso) para determinar después el valor de las otras mercancías. Ricardo le hace decir que tanto el valor de uso como el valor de cambio representan trabajo (no valor del trabajo). Pero él mismo distingue tan poco el doble carácter del trabajo, que está doblemente representado, que en todo el capítulo Valor y riqueza: sus propiedades distintivas, se debate penosamente con las trivialidades de un J.—B. Say. Por eso al fin es muy grande su asombro de que Destutt concuerde con él sobre el trabajo como fuente de valor y, sin embargo, armonice por otro lado con Say sobre el concepto del valor.