Hasta qué punto es engañada una parte de los economistas por el fetichismo inherente al mundo mercantil ó por la apariencia objetiva de las determinaciones sociales del trabajo, lo muestra la fastidiosa é insípida querella acerca del papel de la Naturaleza en la formación del valor de cambio. Como el valor de cambio es un modo social determinado de expresar el trabajo unido á una cosa, no puede contener más materia natural que el curso del cambio, por ejemplo.
La forma mercancía es la más general y menos desarrollada de la producción burguesa, por lo cual aparece temprano, aunque no de la misma manera dominante y característica que hoy día, y por eso su carácter fetichista parece todavía relativamente fácil de traslucirse. En las formas más concretas desaparece aún esta apariencia de simplicidad. ¿De dónde provienen las ilusiones del sistema mercantilista? En el oro y la plata él no ha visto que, como moneda, representan una relación social de producción, sino objetos naturales con peculiares propiedades sociales. ¿Y no es palpable el fetichismo de la Economía moderna, que, dándose importancia, se ríe del sistema mercantilista así que trata del Capital? ¿Cuánto tiempo ha desapareció la ilusión fisiocrática de que la renta de la tierra brota de la tierra misma y no de la sociedad?
Pero no nos anticipemos y contentémonos con un ejemplo más, relativo á la forma mercancía misma. Si las mercancías pudieran hablar, dirían: nuestro valor de uso puede interesar á los hombres; á nosotras, como cosas, no nos importa; pero lo que nos toca como cosas es nuestro valor. Nuestro propio comercio como objetos-mercancías lo prueba. No nos relacionamos entre nosotras sino como valores de cambio. Oigase ahora cómo habla el economista desde el alma de la mercancía: «El valor (valor de cambio) es una propiedad de las cosas, la riqueza (valor de uso) del hombre. En este sentido, valor implica necesariamente cambio, riqueza no.»[1] «La riqueza
- ↑ «Value is a property of things, riches of man. Value, in this sense, necessarily implies exchanges, riches do not.» (Observations on some verbal disputes in Pol. Econ., particularly relating to value and to supply and demand, Londres, 1821, pág. 16.)
la cual se levanta el edificio jurídico y político, y á la cual corresponden determinadas formas de conciencia social»; que «el modo de producción de la vida material domina en general el proceso de la vida social, política é intelectual»;—que todo eso es exacto para el mundo actual, en que dominan los intereses materiales, pero no para la Edad Media, en que dominaba el Catolicismo, ni para Atenas y Roma, en que dominaba la Política. Desde luego es extraño que alguien se complazca en suponer que otro cualquiera ignora esos modos de decir, universalmente conocidos, acerca de la Edad Media y del mundo antiguo. Lo que es claro es que la Edad Media no pudo vivir del Catolicismo ni el mundo antiguo de la Política. El modo como la una y el otro ganaron su vida, explica, por el contrario, por qué en aquélla dominaba el Catolicismo y en éste la Política. Basta, por lo demás, conocer un poco la historia de la República romana para saber que la historia de la propiedad raíz es su secreto. Por otra parte, Don Quijote ha expiado ya su ilusión de creer á la Caballería andante compatible con todas las formas económicas de la sociedad.