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Página:El Capital (1898).pdf/89

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EL CAPITAL

M — D. Primera metamorfosis de la mercancía, ó venta. El paso del valor de la mercancía del cuerpo de ésta al del oro es, como lo he designado en otra parte, el salto mortal de la mercancía. Si fracasa, á la mercancía no le pasará nada, pero sí á su poseedor. La división social del trabajo hace que su trabajo sea tan unilateral como múltiples sus necesidades. Por eso justamente su producto sólo le sirve como valor de cambio. Pero éste no adquiere la forma de equivalente general, socialmente válido, sino en la moneda, y la moneda está en el bolsillo de otros. Para sacarla de ahí, la mercancía tiene ante todo que ser valor de uso para el poseedor del dinero, y el trabajo gastado en ella, gastado en una forma socialmente útil ó legitimado como rama de la división social del trabajo. Pero la división del trabajo es un organismo natural de producción, cuyos hilos han sido tejidos y se tejen todavía sin saberlo los productores. La mercancía es tal vez producto de un nuevo modo de trabajo, que pretende satisfacer una necesidad nueva ó crearla. Una función que ayer aún, junto con otras muchas, correspondía á un mismo productor, rompe tal vez hoy esa conexión y se independiza como trabajo especial, y envía, precisamente por eso, su producto parcial al mercado como mercancía independiente. Las circunstancias pueden estar ó no maduras para esa separación. El producto satisface hoy una necesidad social; mañana será quizá desalojado por otro producto análogo. Aunque un trabajo, como el de nuestro tejedor, sea rama privilegiada de la división social del trabajo, no está absolutamente garantizado con eso el valor de uso de todos sus 20 metros de tela. Si la necesidad social de tela, que tiene su medida, como toda otra cosa, está ya satisfecha por tejedores rivales, el producto de nuestro amigo está en exceso, es superfluo y, por lo tanto, inútil. Pero supongamos que el valor de uso de su producto se confirme, y que la mercancía atraiga á la moneda. La cuestión es ahora: ¿cuánta? El precio de la mercancía, exponente de la magnitud de su valor, anticipa la respuesta. Prescindimos de las faltas de cálculo, puramente subjetivas, del poseedor de la mercancía, que en el mercado son inmediatamente corregidas. Debe de haber gastado en su producto sólo el término medio de tiempo de trabajo socialmente necesario. El precio de la mercancía no es, pues, más que el nombre en moneda de la cantidad de trabajo social en ella materializada. Pero sin permiso ni conocimiento de nuestro tejedor, las condiciones de producción del tejido se han trastornado. Lo que ayer era indudablemente tiempo de trabajo socialmente necesario para la producción de un metro de tela, deja hoy de serlo, como presurosamente lo demuestra el poseedor del dinero con las tarifas de precios de diversos rivales de nuestro amigo. Por su desgracia, hay muchos tejedores en el mundo. Supongamos, por fin, que todo pe-