de cadenas, lo cual indica á Roberto Kurtis que se han echado las anclasel con — Bien, bien, dice; el teniente tramaestre han echado las dos anclas.
De esperar es que resistirán.
Veo entonces á Roberto Kurtis adelantarse por los parapetos hasta el límite á donde permiten llegar las llamas. Se desliza por la mesa de guarnición de estribor, del lado donde el buque da la banda y allí se mantiene, durante algunos minutos, á pesar de las grandes oleadas que le acometen. Veo que presta el oido como si escuchara un ruido particular en medio del rumor de la tormenta.
Al fin vuelve á la toldilla y dice: —El agua entra en el buque, y esa agua, si el cielo nos socorre, quizá domi nará el incendio.
—Pero, y después? le pregunto.
—Señor Kazallon, responde Roberto Kurtis, después está el porvenir, y será lo que Dios quiera.