que resulta de sus palabras es que nue«tro capitán no ha perdido enteramente la esperanza.
Sin embargo, pues que las condicio nes de equilibrio pueden cambiar á cada momento, es preciso abandonar cuanto antes el Chancellor. Por consiguiente se decide que mañana, y cuando el carpintero haya acabado la balsa, nos embarcaremos todos en ella.
Pero juzguese de la violenta desesperación que se apodera de la tripulación, cuando hácia las doce de la noche Daoulas observa que la madera de la balsa ha desaparecido. Las amarras, aunque eran sólidas, se han roto á consecuencia del movimiento vertical del buque y la armazón hace más de una hora que se ha ido con la corriente.
Cuando los marinercs saben esta últi ma desgracia, lanzan gritos de angustia.
—¡Al mar, al mar los mástiles! repiten aquellos infelices, perdiendo la cabeza.
Y quieren cortar el aparejo para ha