fecundo Esopo y de su digno imitador Fedro. De igual manera nuestro original Iriarte ha legado á la posteridad, entre otros: Quien haga aplicaciones, con su pan se lo coma; Sonó la flauta por casualidad; (Id. 8.a) (Fáb. 1. a) ¡Gracias al que nos trajo las gallinas!
Y nuestro popular Samaniego: En diez años de plazo que tenemos, el rey, el asno ó yo no morirémos?
Procure ser en todo lo posible (Id. 12.) (Fábula El Charlatan.) el que ha de reprender, irreprensible, (Id. Los dos Perros.) é infinitos ótros que se deslizan al guarismo.
Y haciendo insistencia sobre este particular, ¿quién duda que, á fuerza de repetirse y de andar de boca en boca tantas y tan bellas sentencias como encierran algunas fábulas en todos géneros de nuestros poetas contemporáneos, no lleguen á convertirse con el transcurso del tiempo en verdaderos refranes, adagios, ó proverbios? Nó; nadie osaría dudarlo: ántes por el contrario, á todos parecerá hoy muy natural que dentro de pocos años se citarán como tales los siguientes conceptos que, dejando á un lado por no incurrir en la nota de difuso los de otros varios fabulistas más ó ménos insignes de nuestros dias, copiamos del señor