como lo es la cátedra del Espíritu Santo se halló libre de sus repetidas cuanto inoportunas incursiones. Contra tamaño desafuero se levantó denodado el famoso autor del Fray Gerundio de Campazas, verdadero Quijote contra los abusos introducidos en el púlpito español, y ridiculizando con el más fino sarcasmo y penetrante sátira el olvido tan punible en que se hubieran sumergido los depositarios de la palabra divina, logró al cabo extirpar semejantes inconveniencias en pro de la religion y de la oratoria. No creemos deber pasar por alto un testimonio de tan distinguido escritor, así por lo que se relaciona íntimamente con nuestro asunto, cuanto porque todo lo que pudiéramos decir por nuestra parte en el particular sería un pálido reflejo al lado de la luz más brillante. Oigamos.
«Sonrióse D. Casimiro, y continuando sus preguntas, dijo á Fray Gerundio: Segun el autor de Usendísima, ¿cual es la tercera fuente de la invencion? Los adagios, respondió sin detenerse. — Es fuente muy copiosa, añadió el colegial; pero Usendísima, ¿qué entiende por adagios? —¿Qué he de entender? lo que cualquiera vieja de mi lugar: Adagios y refranes son una misma cosa. — Pues qué, preguntó D. Casimiro, ¿los refranes pueden tener lugar en algun género de sermones?—Ahora salimos con eso?
respondió Fray Gerundio; y ¿cómo que pueden y deben tener lugar en ellos? No hay cosa que más los agracie y que más los embellezca; yo tengo algunos apuntamientos de adagios varios que he leido y oido en algunos sermones, los cuales verdaderamente me han suspendido, y pienso aprovecharme de ellos cuan-