do me venga á pelo. ¿Dónde hay, v. gr., introduccion más magnífica para un sermon de honras, que la de un religioso grave en un sermon que predicó á un maestro de su órden que se llamaba Fray Eustaquio Cuchillada y Grande, cuando dió principio á su oracion fúnebre diciendo: Al maestro, cuchillada y grande? Refrany equívoco que desde luego captó, no sólo la admiracion, sino el pasmo de todo el auditorio, y hoy es el dia en que yo no acabo de aturdirme de tan bella introduccion. ¡Pues qué aquel divino asunto que predicó un famosísimo orador en las exequias de D. Antonio Campillo, párroco que fué de cierta iglesia, en cuyo campanario había fabricado á su costa una aguja? Fué, pues, el asunto: El sastre del Campillo, que puso la aguja y el hilo. Esto es ingenio, y lo demás parla, parla. Y el ctro, predicando el sermon del demonio mudo en tiempo de cuaresma, asistiendo el Santo Tribunal, dió principio con este oportunisísimo refran: Con el rey y la Inquisicion, chiton, añadiendo que por eso era mudo el demonio de que se hablaba en el Evangelio, porque estaba delante de la Inquisicion; ¿parécele á V. que no podía predicar aunque fuese delante del mismo Papa? Bastan estos ejemplares, y estoy pronto á dar á V. aunque sea un ciento de ellos, para que vea si los refranes pueden tener lugar en los sermonesque Yo, Reverendísimo, tengo muy pocas barbas para meterme en asuntos tan hondos, y más no siendo de mi profesion, que se reduce á latinidad, retórica y bellas letras, ó letras humanas por otro nombre. Sin embargo, como en Salamanca se trata casi por profe-
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