al final de nuestros versos para formar asonancia con sus respectivas vocales; mas cuando éstos se han hecho con el objeto de ser cantados, siempre reputé el uso de aquéllos, especialmente al fin de un período musical, por una falta del mayor momento contra el estrecho lazo que debe unir á la Música con la Poesia.
Pero.... hagamos aquí punto; pues de seguir ocupándonos en las seguidillas, se seguiría tener que escribir á seguida muchos pliegos más, y vendría á parar en discurso lo que empezó prólogo, con riesgo inmediato de resullar mayor el zaguan que la casa, y de vernos, por ende, expuestos á que se nos censurára en los propios términos que á aquel enano que ostentaba sombrero disforme en su cabeza.
Cuéntase, en efecto, de un playero andaluz (¡para que no fuera zumbon!) que habiendo topado en la calle por acaso con un liliputiense ó gigante negativo, portador sobre su cabeza de un bombo descomunal, trocando los frenos y haciendo instintivamente uso de la figura prosopopeya (que no hay mejor retórica que la natural), se dirigió á aquel objeto en són de pregunta, diciéndole: « Zombrero, ¿aónde va osté con ese jombre?....» Conque.... lo dicho, dicho: para prólogo basía, y áun sobra.
José María Sharbi.