franes: Cuando el sabio yerra, más que al necio le hacen guerra. El error del entendido de todos es reprendido, y rara vez corregido; porque Mientras más sabio es su autor, menos enmienda tiene su error. Cuanto se celebró à un sabio, si una vez yerra, se convierte en su agravis. Hazme ciento, y faltame en úna, y se acabó tu buena fortuna.
No proceden así los verdaderos sabios, que imitando á Sócrates, saben que nada saben. Estos notan el error con prudencia, y celebran los aciertos con eficacia. Se conocen poco los que quieren. exigir de los demás aquello que no pueden alcanzar de sí mismos, que es no errar, porque esto sólo en el cielo se ve. Las virtudes se sostienen con la constancia; pero ésta desaparece cuando observa contra sí mucha oposicion. La rigidez, y un tono imperioso y mordaz en la crítica, personalizando más que corrigiendo, son más propios para irritar, que para convencer: por lo mismo lo reprueban las leyes, y lo abominan los juiciosos y sensatos. Sólo lo practican los revoltosos, maldicientes y atrevidos, que sin conocer sus defectos, se ensangrientan más contra la persona, que contra los que notaron en su semejante. A éstos los castiga un célebre satírico, diciendo: «¿Cómo ha de tolerarse que los turbulentos Gracos, gente amotinada y alborotadora, se quejen agriamente de los sediciosos? ¿Cómo ha de sufrirse que Vérres, escándalo asombroso de Sicilia por sus robos, blasfeme de los ladrones? ¿Cómo ha de aguantarse que Clodio maldiga á los obscenos, tributando él adoracion á la lujuria? ¿Quién disimulará, que el traidor Catilina repruebe las acciones de Cótego, siendo su más grande imitador? ¿Que Augusto, Marco Antonio y Lépido, que fomentaron la inhumanidad más asom-