quirido con la asistencia á las comedias, contribuyó principalmente al venturoso desenredo de aquellos lances, que acabaron por hallarme casado en edad bien tierna con mi Felipa, la cual, por fin, como mayor que yo, tenía más experiencia y entendía mejor las obligaciones matrimoniales.
Mucho me pesó entonces de no saber escribir, porque á no ser por eso, hubiera escrito de mi historia una comedia que debía llamarse El aprendiz casado; y á fe, á fe que fuera algo mejor que múchas que despues se han vitoreado, y áun se han impreso: el ser hombre de pocos años le priva á úno de muchos lucimientos; en verdad que no me sucederá así ahora, que ya sé por experiencia que para escribir comedias y ser autor de otras muchas obras que no se dejan de vender, no es menester saber leer ni escribir.
Como los gustos de este mundo no pueden ser completos, tuve la desazon de que mi Felipa no se agradaba de comedias; y por más que yo la exhortabatodo fué predicar en desierto; de manera que se quedó como un tronco sin acepillar, y no supo jamás otra cosa que cuidar de su casa como una palurda. No fueron así mis hijos; porque tanto Pepa como Juanillo, y con ellos mi sobrina Antonia, tódos tomaron tan puntualmente mis prudentes lecciones, que cada dia necesitaba yo más dinero para el corral, que para el panadero; pero tales salieron ellos, en buena hora lo diga: no ví jamás muchachos más despiertos y más capaces para cualquiera cosa.
La asistencia diaria á los corrales, y el esmero de no faltar á ninguna comedia particular de que tuve noticia, me proporcionaron tal conocimiento práctico de nuestro teatro, que no había comedia que no supiese yo cómo se debía repartir, quiénes habían he-