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Página:El Refranero general Español - IA elrefranerogener05sbaruoft.djvu/195

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Asegúrase que se consuelan con estos dos proverbios: Cubrir la sombra de arena no detiene su marcha.

El elefante nada puede hacer al tamarindo, sino sacudirlo.

Si, pero algunas veces lo desarraiga, pobres guio!ofos.

Sin embargo, nosotros queremos que los habitantes del Senegal olviden sus proverbios tan poéticos, y deseamos que aprendan á leer en el Cristus, etc. Felizmente, creo que ellos tienen el buen sentido del hijo de Diderot, que jamás quiso aprender á decir B, porque no quería verse obligado á pronunciar la C, y despues todas las letras del alfabeto; cosa útil, pero enojosa, y de que puede dispensarse rigurosamente un pueblo poético, un pueblo que puede decir como Montaigne: No juzgo que en la buena rima consista la buena poesía; la buena, la inspirada, la divina, es superior á todas las reglas..

Y si nó, véase si son las reglas de la filosofía escolástica y de la poesía de los colegios las que han inspirado al breton de Finisterre este proverbio tan conocido: ¡Oh, Dios mio! ¡socorrede en el pasaje del Bass: mi barca es pequeña, y el mar, tan grande!

La poesia del mar, esa poesia que todos los preceptos de Vida y Boileau no hubiesen descubierto á Lamartine, ¿no está concebida en este otro adagio: Si quieres aprender á orar, entra en el mar?

Esta es la poesía que comprendieron los antiguos bretones, que representa nuestra raza primitiva. Esta es la que comprendieron admirablemente cuando, rehusando el trabajar, exclamaron: La tierra es muy vieja para ser generosa; conviene el aire del mar, convienen los comba-