del siglo XVII, que intituló su compilacion metódica de los proverbios Tratado de la prudencia[1].
Una cosa me choca en la lectura de la numerosa recopilacion que tengo á la vista; un proverbio decente (digámoslo asi), tiene casi siempre su parte contraria, su parodia vergonzosa. En esta extravagante union ¿qué se hizo de la sabiduría de las naciones? ¿Qué dirémos, por ejemplo, de este adagio:
Quien no roba no se hace ropa?
Y despues de la más patética de las máximas, ¿cómo leerémos sin sorpresa:
No hace poco quien su mal echa á ótro?
Resuelvase, pues, esta dificultad sin la adopcion del sistema radical de los principios.
En medio del monstruoso maridaje de estas máximas opuestas, una cosa viene de golpe á aliviar el pensamiento, á saber que los hombres de todos los países y de todas las edades tienen realmente un instinto fuerte de la belleza moral, que triunfa por la expresion; los buenos proverbios son los más hermosos.
Algunas veces, sin embargo, gusta la moral de tomar una forma grotesca, posponiendo una forma elevada. Armada de una sal cómica, rayo espontáneo de algun genio maligno, se dirige más fácilmente á la multitud festiva, segun conoció muy bien Rabelais:
El sabio busca la luz, y el loco se la da.
- ↑ Ant. Dumont, pseudónimo del abad Arnoux, compuso una coleccion paremiográfica, que lleva por título Traité de la prudence.