No sabré explicar en cuántos pueblos he encontrado el siguiente sublime proverbio del Evangelio. Se ha disfrazado y diversificado de mil modos: lo encuentro en el turbante morisco, en la bóina del vasco, en el casco del caballero, y áun vestido de mandarin; y estoy seguro que no dejaría de ser conocido entre los pobres habitantes de Guiolo.
Si tu sombrero te lastima, no lo pongas en la cabeza de tu prójimo.
Despues de este proverbio cosmopolita que aparece al dar la vuelta por el mundo, severo, rústico ó natural, sin alterar su divina esencia, citaré úno que encuentro en una antigua recopilacion francesa: Perdona á tódos, y nada á ti.
No hablaré más de la moral de los proverbios. Encuentro de golpe el pensamiento del progreso en un diccionario popular de los vascos, y tal vez causará risa, pues esta cuestion agita á todo el mundo, y mi proverbio es muy viejo. Fuera de broma: hay un espantoso proverbio nacido en la otra parte de los mares, y que contiene, con caractéres sangrientos, una de las cuestiones filosóficas de más boga en nuestros tiempos, una de aquellas cuestiones que dominan la historia y la filosofía de un siglo. Hablo de las razas y de su genio.
Golpear un negro es alimentarlo, golpear un indio es matarlo.
Sí, este proverbio contiene, en su concision atroz, una espantosa verdad; así es como se hace trabajar al negro, y morir al indio: esta es la simple tolerancia del negro y la sombría desesperacion del americano. Pero despues de tal proverbio es preciso exclamar con Sakspeare: ¡oh cosa horrible!