verbio. ¿La poética de nuestras comedias no está en este dicho: Úno toma mujer, vive con ótri, y sólo se ama á sí mismo?
¿No es esta la sentencia característica del siglo y del teatro ?
¡Ah! ¿dejaría de tener ahora ese egoismo que Antonio de Sala, ántes que madama Stal, llamaba el amor de su tiempo? No hace, pues, muchos años que vivía este ingenioso traductor del sabio Bacon, cuya animada conversacion era un tejido de proverbios que había recogido en Roma, Canton, Sumatra, en todo el universo, y que repetía en su desvan para engañar el hambre entre un cálculo náutico y una cuestion de psicología. Él es quien decía desdeñosamente de la historia antigua (pues había leido en el mundo entero): Los muertos aconsejan mal á los vivos; y á propósito de nuestras grandes disputas suscitadas con motivo de reforma literaria: Para agradaros será necesario trastornarlo todo á cada minuto, copiando modelos. Tenía costumbre de terminar sus largos discursos (pues era sordo) con este adagio suyo: » Trabajad, trabajad; el que comienza un libro es discí pulo del que lo acaba.
Un filósofo ecléctico, hombre de poca fe é incrédulo, me decía poco há: Los proverbios tienen de comun con los milagros, el que hoy en dia no se hacen ; el mundo parece sordo á estos dos poderosos medios de enseñanza.»A lo que le repliqué: . Os engañais; todos los dias se hacen proverbios y milagros. Los viajes en que el vapor cumple en pocos minutos lo que la imaginacion más caprichosa puede soñar rápidamente, sería un hecho milagroso á los ojos de la antigüedad. La maravilla inútil de Mongolfier es un milagro que espera un gran pensamiento. Saber dirigir el rayo, este era el milagro de los sacerdotes de Etruria;