para mi, y que el autor no me habia engañado, y sólo si mi inadvertencia y poca consideracion; y sin dar lugar á que otro discurso me acometiese, me salí á la calle, dando al traves á to los mis tristes pensamientos; y procurando divertir la imaginacion con aquellos objetos que nos distraen y apartan de los cuidados, me encaminé al Prado, en donde encontré á un amigo que en mi semblante conoció mi disgusto Preguntóme la causa de él, si acaso no era reservada.
Yo le dije: Entre amigos son muy pocas las que lo son; y seguidamente le conté lo que me había sucedido.
—Otro creí, dijo, fuese el motivo; eso no merece la pena que padece. Muchas veces he parado mi consideracion en lo mucho que se escribe, y la poca utilidad que de leerlo se saca. Es cierto que en algunas cosas, en este siglo, se han hecho grandes progresos, y que se leen múchas buenas; pero esto sólo lo vemos en algunas traducciones.
Tambien sale una ú otra obra original, que merece estimacion general; pero son poquísimas en comparacion de la infinidad que diariamente se publican. Para leer solamente los carteles que amanecen en las esquinas, se necesita emplear gran parte de la mañana. Esté V. persuadido que en la república literaria, como en el Océano, hay flujo y reflujo y, por consiguiente, nos debemos figurar que ahora nos hallamos en la creciente; lo que debemos hacer es estarnos en la orilla, y escoger, de entre la multitud de conchas que en ella quedan, úna que sea madre de perlas.
Yo gasté mucho tiempo mi dinero en comprar los que salían, pero desisti de mi intento, porque llegué á conocer que mi caudal no era suficiente, y porque conocí que no merecían todos ellos el que se perdiese el tiempo en leerlos. No dejo de conocer que mi voto no es decisivo; pues ingenuamente confieso á V. que no tengo todas las luces que se requieren para formar un juicio perfecto. No he visto esa Instruccion, y me alegrára leerla, solamente por ver original la causa de su sentimiento.
—Dos son, le respondi: el haberme dejado seducir por