En esto nos salimos al paseo, en donde dimos algunas vueltas, siguiendo en su conversacion, con la mayor eficacia, en empeñarme á la venganza, escribiendo; diciéndome que para llenar un pliego no cabal de papel, no se necesita de mucho trabajo. Cuando le pareció que me tenía bastante inclinado á hacerlo, se despidió de mí, y ambos nos fuimos del Prado.
Yo quedé con su persuasion envuelto en otra infinidad de discursos; parecia mi imaginacion una devanadera en las vueltas que daba al rededor de los cuatro cuartos, que era el punto céntrico de todos ellos. Hasta las diez en que me puse á cenar, no hice otra cosa que devanarme los sesos sobre la materia de que había de escribir. Lo cierto es que ni áun cenar como acostumbro me dejaron mis discursos. Me fuí á la cama, en donde pensaba que lo conseguiría, pero no fué así. ¿Quién creerá que me asaltó úno tan endemoniado, que quiso hacerme creer que todo cuanto el amigo me había dicho era por burlarse de mí? Y me hubiera vencido, si no hubiera tenido contra sí la satisfaccion que de su amistad tenía experimentada, y el espíritu de venganza que me dominaba por el recobro de mis cuartos enajenados. Tantas veces como de ellos me acordaba, otras tantas vueltas daba en la cama.
Rendido, por fin, de tanto bregar, entregué al sueño los sentidos, pero nó el espíritu, que inmediatamente empezó á remover todas aquellas ideas que, recientes, vagueaban por el desvan de los sesos.
Aunque el cuarto estaba sin luz, en mi fantasia apareció magníficamente iluminado; é inmediatamente ví en él (sin saber cómo ni por dónde habían venido) dos hombres, á quienes ni conocía, ni desconocía (¡ qué extrañeza de fantasía!), y que se arrimaron á una hermosa y rica mesa que habia, sobre la que estaba el papel de las Instrucciones (yo no lo había sacado del bolsillo despues que en él lo metí, cuando me lo volvió el amigo).
Uno de ellos empezó á leerlo, y arqueando un poco las