tos campestres, ya celestes, ya luchas y lides, en cuyas narraciones suele brillar más la fantasía del escritor y la energía del idioma,» «para último desengaño de cuán difícil, por no decir imposible, es la obra de trasladar de una lengua á ótra todo lo que pertenece al estilo poético y género descriptivo. » Y en efecto, el estilo es á una obra lo que la fisonomía al cuerpo de su autor; y sabido es que, con ser tantos los millones de racionales que pueblan la superficie del globo, no se encuentran dos tan idénticos en sus facciones que fácilmente puedan ser confundidos entre sí.
Cervantes se equivocó de medio á medio en su juicio acerca del particular, no tan sólo cuando dijo que «el traducir de una lengua en otra, como no sea de las reinas de las lenguas griega y latina, es como quien mira los tapices flamencos por el reves, que aunque se ven las figuras son llenas de hilos que las escurecen y no se ven con la lisura y tez de la haz,» sino cuando añadió á continuacion que « el traducir de lenguas fáciles, ni arguye ingenio ni elocucion, como no le arguye el que traslada ni el que copia un papel de otro papel (1); pues cabalmente es mucho ménos difícil el traducir de las lenguas modernas que nó de las antiguas, y, en todo caso, obra bastante meritoria la de una traduccion debidamente hecha; así como es de todo punto inexacta la comparacion últimamente establecida por él, supuesto que el copiar un papel de otro papel estriba en una operacion más mecánica que intelectual, mientras el traducir requiere que el traductor se coloque en el mis(1) QUIJ., p. II, c. 62.