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Página:El Refranero general Español - IA elrefranerogener06sbaruoft.djvu/35

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mo puesto del autor, de tal manera que piense, sienta y quiera aquél en su idioma, lo que éste quiere, siente y piensa en el suyo (1). El traductor debe, pues, conocer á fondo las dos lenguas, y preguntarse á sí propio ántes de sentar la pluma en el papel y despues de haberse asimilado el concepto del original: Si yo tuviera que expresar espontáneamente esta idea en mi lengua, de qué términos me valdria? Y cuando una voz secreta resuene en lo íntimo de su alma diciéndole: de tal manera, esa será la manera propia y conveniente de exprimir la idea del original: esa será la traduccion adecuada. Fácilmente se empezará á comprender ya por qué son tan contadas en todas las lenguas las traducciones hechas con el esmero y fidelidad que el asunto requiere; y digo que se empezará á comprender, porque hasta ahora no hemos hecho más que descorrer una punta del velo que nos oculta el delicado mecanismo del Arte de traducir.

(1) Bastante inconsecuente anduvo Cervantes en esta ocasion, pues á muy pocas palabras de haber deprimido tan injustamente el mérito y trabajo del Arte de traducir, elogia al Doctor Cristóbal de Figueroa y D. Juan de Jauregui por sus respectivas traducciones del Pastor Fido y del Aminta, donde felizmente—dice —ponen en duda cuál es la traduccion, ó cual el original; » con cuyas últimas palabras se ratifica en su primitivo y fundado juicio acerca de lo difícil y delicada que es la empresa del traductor, al haber manifestado anteriormente, con motivo del escrutinio que de la libreria de D. Quijote hicieran el Cura y el Barbero, lo poco acertado que en su traduccion castellana del Orlando furioso de Ludovico Ariosto anduvo el capitan D. Jerónimo Jimenez de Urrea, y añadido, á mayor abundamiento, que « lo mismo harán todos aquellos que los libros de verso quisieren volver en otra lengua, que por mucho cuidado que pongan y habilidad que muestren, jamás llegarán al punto que ellos tienen en su primer nacimiento.»