ticales, á ellos debe quedar igualmente destinado, y tambien al texto de la Sagrada Escritura, que por el respeto que se merece la palabra de Dios, no comporta otra clase de translacion; la traduccion propiamente dicha es patrimonio exclusivo de muy pocos, y para eso se hace indispensable que el carácter, índole ó genio de la obra de que se trata se preste á ser traducido; la traduccion libre, ó imitacion, es empresa reservada á los ménos, y tan comprometida, que debe andar constantemente muy sobre aviso el traductor para no exponerse á hacer decir al autor cosa que ni jamás hubiera soñado.
En atencion á tamañas y tan hondas dificultades, es para alabar á Dios ver el poco escrúpulo y menos empacho con que se lanzan muchos escritorzuelos de nuestros dias al delicado empeño de la traduccion, sin otro conocimiento de la lengua traducida que cuatro palabras de ella cogidas al vuelo, y sin más guía que un diccionario bilingüe, al cual se sujetan estricta y literalmente, y si á mano viene, contentándose con aceptar la primera interpretacion que á la palabra ignorada le adjudica el diccionarista, sin curarse de ver si alguna de las que vienen despues es más aceptable para el caso de que se trata. ¡Oh! entonces se echa de ver muchas veces que no en balde dicen los italianos á semejante propósito aquel refran: traduttore, tradittore: y en verdad que, trabajos de zapatería así hechos, más que traduccion, merecen el elocuente calificativo de traicion!
Pero, ¿cómo es cierto que, segun indiqué un poco más arriba, hay ocasiones en que el carácter, índole ó genio de algunas obras no se presta á ser traducido, ya en parte, ya en absoluto; ó es que soñé yo al emitir semejante proposicion? Hablen por mí unos cuantos